¡Día
de los difuntos o día de los muertos!, de cualquiera de las formas que lo digan
no me gusta, primero porque creo que es un día muy triste y segundo la sociedad lo ha convertido en una
celebración con sentido pagano.
Son
las 6:00 de la mañana, vivo en la ciudad de Aguilares, con una persona que
siempre se ha encargado por mantener vivas las tradiciones ¡Mi querida abuela!,
me despierta muy temprano quiere que la acompañe a la misa que se celebra en
honor a los “Fieles Difuntos” en la Parroquia El Señor de las Misericordias de
mi localidad, la ciudad está llena de personas corriendo de un lado a otro (Imagino deben tener mucho que preparar),
ventas de flores que ocultan la plaza central que da realce a mi bella ciudad,
muchos microbuses con un letrero con pintura de color blanco que dice “Hacia el
Cementerio”.
La
muerte es algo de lo que nunca me gusta hablar ¡Me da miedo!, pero este día
solo pienso en mi difunto hermano menor, me gustaria poder sacar el dolor que
tengo y compartirles esa mala experiencia pero esta es mi crónica del día de
los difuntos no tiene nada que ver con ese triste recuerdo.
El
día de los muertos que se celebra cada 2 de noviembre, es una celebración
mexicana con origen prehispánico que muchos países han adoptado y se ha tomado
como parte de sus culturas; en la tierra cuscatleca no es la excepción
cambiando a un nombre no muy diferente “día de los fieles difuntos” el objetivo
es orar por aquellos que terminaron su vida terrenal, pero esto ha pasado de
ser algo relativamente religioso hacer una actividad un tanto inmoral.
Llegada las 4:00 de la tarde tenía que
ir a enflorar, dirigiéndonos al cementerio de mi ciudad que de cierta manera
está muy cerca de mi domicilio me imagine que al llegar lo primero que vería
serían las señoras que venden sus arreglos florales ¡pero no!, lo primero que
escuche fue: ¡Mi niña hermosa, señorita, corazón!, tranquilos estas no son
palabras de coqueteo, son las vendedoras de los famosos antojitos típicos que
jamás pueden faltar en ninguna celebración. Entre olores me deje llevar por
unas papitas fritas, aunque fue una difícil decisión ya que las tostadas de
plátano, yuca y papa, los pasteles, nuégados y chilate, enrollados de papa,
carne asada entre una gran infinidad de platillos no pueden dejar con antojo a
nadie.
Seguidamente
nos dirigimos a buscar las coronas de ciprés en algunos de los puestos que se
encontraban alrededor del cementerio, desde que tengo memoria nunca hemos
llevado flores a la tumba de mis bisabuelos y mucho menos a la de mi hermano
nos encontramos con la sorpresa de que ya no habían, con el rostro lleno de
desilusión se encontraba mi abuela porque sería básicamente el
primer año que no colocaría la corona de ciprés a sus difuntos. Pero al entrar dentro
del cementerio nos encontramos con que un señor tenía las dos últimas coronas
la satisfacción fue reflejada en sus facciones.
Al
adentrarnos al campo santo se torna bastante difícil de avanzar por la cantidad
de gente que visita a sus seres queridos y por encontrarse completamente lleno
de tumbas, con mariachis, llantos, risas, y los gritos que dicen “Le tumbo y le
pinto” distraen fácilmente a cualquiera.
¡Por fin!
- Llegamos a las tumbas de mis bisabuelos, no está demás decir que mi abuelita a quien acompañaba ya tiene bastante edad y se ha hecho un poco olvidada y yo a pesar de ser joven tampoco recordaba el lugar con exactitud, después de dar vueltas una media hora las encontramos ¡Buena noticia! Ya era tarde.
Como
todos los años acostumbramos a rezarles un misterio a cada uno de nuestros
difuntos este año esa costumbre no paso por alto, mariachis que se encontraban
cerca se acercaron a nosotras para ofrecernos sus servicios pero eso dice mi
abuela que es ¡Fanatismo!
Pero quien llamó mi atención fue un niño de no más de 6 años con ropa sucia, la cuma en la espalda y una botella de agua que llega y me dice (Señorita le gustaría que le limpie la tumba, cobro muy barato) mi abuela se enterneció y pues obviamente necesitábamos de ese servicio y su respuesta fue ¡Claro hijo! ¿Cuánto me va a cobrar? El pequeño le responde no más de $3 dólares y le limpiare la cruz. Me dio muchísima curiosidad y le pregunte por que siendo tan pequeño estaba trabajando en un día que para muchos de los ciudadanos es día de descanso, muy respetuoso me responde “Señorita tengo que comprarme el estreno de navidad y el regalo de cumpleaños de mi hermanito más pequeñito que yo, el cumple 2 años y mi mamá no nos compra nada”, deduzco que proviene de familia pobre, pero es admirable el conocer los motivos del por qué a esa edad se encuentra limpiando las tumbas ajenas.
Al terminar de arreglar el lugar donde
descansan los restos de mis seres queridos teníamos que salir pues el cielo se
tornaba ya oscuro; si entrar fue una odisea imagínense salir pues había más
gente ya que en mi ciudad es costumbre que las familias se acerquen de noche
para visitar a sus muertos.
Al
salir a un costado del cementerio se encuentra una pequeña feria donde las
maquinitas de juego, algunas ruedas para los pequeños del hogar no pueden
faltar y la música a todo volumen le dan alegría a un día que supuestamente
tiene que ser para recordar con serenidad a todos nuestros muertos.
Para
algunas personas esto resulta indignante por el bullicio que todo ocasiona,
para otros no, ya que disfrutan ese día y olvidan el estrés del trabajo al
pasar un momento con sus familiares.
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